- Puedes dormir en el sofá -dijo con cortesía y una sonrisa pícara, rápida como una centella.
Ya en la cama, mi petición de una camiseta XL para dormir se vio satisfecha con rapidez. Casi la misma rapidez con la que cayó al suelo cuando ya no teníamos ni una prenda encima. Antes, un beso tibio en la nuca.
Me giré para mirarle de frente, y me robó un beso. Y dos. Y tres. Mientras, acariciaba con suavidad mi espalda, mis brazos, mis piernas. Tras un movimiento rápido, sentí su peso encima de mi. Y cuatro, cinco, seis besos. Suaves al principio, lentos...Su corazón latía cada vez con más fuerza y su jadeo se hacía mas intenso, buscándome. Su piel tersa y el olor fresco de sus labios, a menta suave, me hicieron olvidar mi negativa. Y se convirtió en una afirmación, un maravilloso acuerdo tácito. Me buscaba con los dedos mientras apartaba una pierna a un lado. Y la otra hacia otro.
Ya no podía escapar, ni quería hacerlo. Quería entregarme por completo a ese cuerpo, que me deseaba y me asía con ganas. Siete, ocho, nueve besos. Cuando llegó el décimo me tomó con fuerza, embistiéndo como un animal. Fuera de sí. Y dentro de mí.
El tiempo se dilataba y contraía, conforme su cuerpo fibrado se contorsionaba encima del mío de forma rítmica y suave. Mis muñecas encerradas en sus fuertes manos, inmóviles y atrapadas contra el edredón. Mi respiración acelerada, aumentando progresivamente. Un escalofrío recorría mi espalda en intervalos regulares, su olor y su aliento en todo mi cuerpo. Era consciente de la fuerza de sus manos y de sus brazos, al resultarme imposible moverme al intentar zafarme o escapar del dulce dolor que a veces sentía. La línea entre el placer y el dolor borrosa, desdibujada. Mis extremos perdidos en un mar de piel y sudor, apenas podía respirar con su cuerpo cubriendo el mío por completo. Ante mis quejidos, embestía con más fuerza, sin un ápice de consideración racional. Puro deseo. Dulce era también el sentimiento de fragilidad y pérdida de control. Dulce final.
Como un relámpago, mil hormigas recorrieron mi espina al mismo tiempo que se me nublaba la vista y temblaban mis vértices. Un largo suspiro, compartido entre ambos.
Y su peso muerto sobre mí.
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