viernes, 7 de enero de 2011

Empezar. De nuevo.

La luz tenue de la habitación apenas me permitía ver un par de pasos más allá. En el suelo, los pedazos de todos mis sueños rotos, un par de libros envejecidos y mis fotografías dobladas. Conforme mis pupilas se iban dilatando empecé a distinguir las formas y a percibir el espacio, aún borroso. Algo había cambiado en esa habitación. Donde antes había luz y color, ahora todo parecía haberse tornado gris, polvoriento. Parecía llevar muchos años deshabitada y apenas se asemejaba a la imagen que guardaba en mi memoria.

Encima de la mesa había un billete de tren, también lleno de polvo, en el que apenas se podían leer las letras impresas -descoloridas por el paso del tiempo. Era un comprobante de compra de billete. El origen, destino y hora de salida eran ininteligibles, la única marca todavía visible decía "Sólo Ida". Por más que busqué sobre la mesa, no encontré el billete de vuelta por ningún sitio.

En los pasillos, el eco de los gritos y las risas resonaba en mi memoria provocándome un dolor inmenso en el pecho, una mezcla de congoja y nostalgia. Las cortinas, que ahora parecían tener un color ocre, seguían colgadas en el mismo lugar, perennes, inmunes al paso del tiempo. Conforme me acercaba al salón, los recuerdos seguían cosiéndome a cuchilladas un corazón que ya no era tan joven. Somos animales curiosos por tener tan valiosa memoria, conforma todo lo que somos, nos dota de identidad, carácter y forja nuestro espíritu; al mismo tiempo que a veces es nuestra peor aliada, traicionándonos con la nitidez de sus espejos. Mostrándonos todo lo que aconteció, y que ya no existe. Como una esplendorosa flor, ya marchita y opaca.

Me pregunté cómo habría sido mi vida si no hubiera tomado ese tren. Si no hubiera escapado, como tantas otras veces. Temoroso y sin destino. Me pregunté por que no fui más valiente, por que buscar otra vida mejor fuera pudiendo haber luchado por los míos aquí. Y decidí no torturarme más.

Los retales de la vida pasada que vivimos juntos, ahora sólo eran pequeños fragmentos desordenados, alojados en algún rincón de mi mente.

La alarma de mi reloj me devolvió súbitamente a la realidad. Eran ya las doce, volví a mirar a mi alrededor. El salón había perdido el lustre y señorío de tiempos pasados, ahora estaba lleno de fantasmas envueltos en sábanas blancas y cajas llenas de enseres. Comprobé la hora, las doce y tres minutos. Tenía que irme, o perdería el tren.

Recorrí el pasillo en unos pocos segundos, que parecieron horas. Cuando cerré la puerta de la que fue nuestra casa tras de mí, el alma se me rompío en mil pedazos. Tendría tiempo de ir recogiéndolos en mi largo camino de vuelta a casa. A casa -pensé- qué paradoja tan absurda. Dos puntos separados por miles de kilómetros, y a tan solo un suspiro de distancia.

Ya en el tren me acurruqué en mi asiento, anhelando un abrazo cálido y reconfortante. Fuera, la lluvía parecía caer como un torrente incesante, acallando el ruido del motor y llevándose consigo toda mi vida pasada. Contemplaba el paisaje cambiante, mientras los pasajeros dormían, con la vista fija en las pequeñas perlas grises que recorrían el cristal dibujando extrañas formas serpenteantes. Volver a empezar -pensé.

De nuevo.

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