Tras el pase de diapositivas, el tercero para ser exactos, me dí cuenta que tenía que dejar de torturarme. Tenía que dejar de ver las fotografías de graduación de mis antiguos compañeros de facultad, recién sacadas -con cierta nítidez- de las entrañas de algun sensor fotoeléctrico.
Por un lado la excitación y sincera jovialidad compartida con mis colegas, los amigos de la carrera con los que pasé tantos momentos geniales dentro -y más bien fuera- de las aulas. Admirando su perseverancia, su tesón y valorando la satisfacción que habrán encontrado todos ellos en completar un plan que les venía impuesto casi desde niños: con un sincero respiro y brillo en los ojos -posando sonrientes en la Plaza de Anaya de Salamanca.
Esos fueron mis sinceros sentimientos tras el primer pase de diapositivas, que encontré por casualidad en el perfil de mi mejor amiga de la facultad. Seguidos de efusivos mensajes que envié, con mucho cariño y una cierta nostalgia, felicitando a Ana por su gran logro y por sus "santos cojones". Reir de alegría por un amigo es una sensación extraña maravillosa. Le dije que no tenía ninguna duda de que llegaría allí sola y que esperaba que -con el paso de los años- lograra perdonar las promesas incumplidas. La de perdurar con ella en el tránsito, en ese maravilloso proceso que es la Universidad, y estar allí, a su lado -con la banda puesta.
Me dí cuenta después de estos años, precisamente en ese momento, que tendría que haber estado allí a su lado -pero no por la banda. Ni por el papiro. Sino por algo mucho más profundo, de una importancia mucho más trascendente. Por ella. Por ellos. Por algo vínculado a aspectos de cohesión generacional. Relacionado con cómo un individuo conforma su carácter y se adapta a su entorno con ciertos referentes generacionales que -aunque nos imponen los límites potenciales máximos a cada generación y nos "conforman" al resto- nos aportan aspectos esenciales de identificación con nuestros coetáneos y nos facilitan nuestro tránsito a la vida adulta grupal y posterior desarrollo integrados en dicho grupo.
Tuve otra certeza, esta vez una muy seria -una que liberó mi pensamiento y mi alma. Supe con total seguridad que no tenía que disculparme, ni bajar la cabeza, por no estar allí arriba con la banda puesta -sonriendo ante mis compañeros. Ni por la banda, ni por mis compañeros. Comprendí que mi tránsito a la madurez, mis procesos esenciales, se produjeron en otro tiempo (o a destiempo); rodeados de circunstancias bien diferentes de las que podrían ser consideradas normales: desde cómo y cuando los jóvenes son capaces de descubrir el amor, el sexo, la poesía, la seducción, la música, la intelectualidad, cuando se produce la cohesión personal, cuando llegan las expectativas, y -finalmente- cuando se afronta la realidad. Ellos comenzarán a experimentar esto último de aquí a un tiempo.
Tampoco iba a disculparme por tener otras expectativas para mi presente, por necesitar otro trayecto entre A y B. Por no seguir una línea recta, sino esta hermosa curva que es nuestra deriva. Ni por pensar diferente, amar diferente, querer hacer todo y nada, reirme, salir a pasear, recibir los rayos del sol a media mañana. Ni por querer no sentirme un esclavo, y pensar que soy mejor que todo eso. Ni por pensar por mí mismo, y -por lo tanto- ser diferente.
Porque, a lo mejor, no es mi problema.
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